Martes, 16 de febrero de 2010

 

   La lluvia fue imponiéndose despacio. Algunas gotas aisladas se estrellaron en el parabrisas, pero fueron aumentando en número y tamaño hasta volverse un aguacero. Reduje la velocidad del auto y, de nuevo, circulé por la ciudad sin rumbo. Esperando no pensar, no quería enfrentar a los recuerdos, pero fue inevitable, como si estuviera obligado por mi subconsciente a recordar lo malo y lo bueno del amigo muerto. Mil imágenes pasaron por la mente, mientras las calles parecían desfilar indiferentes ante mi falta de atención.

   A González lo conocí cuando empezaba como Judicial. Yo también iniciaba como investigador privado en una gran compañía de detectives, éramos jóvenes entonces y un idealismo estaba presente en nuestra manera de pensar, esperábamos acabar con el mal entonces; hoy sólo espero sobrevivir un día más sin corromperme. Una de mis primeras comisiones fue vigilar a la esposa infiel de un funcionario menor del gobierno federal.

   Aquellos era otros tiempos, las influencias que cualquiera pudiera tener con algún funcionario del gobierno lo volvían persona intocable. La ley entonces era más manipulable y no existía un mundo periodístico fuerte que pudiera ser contrapeso para el sistema judicial.

   Cuando empecé como investigador no era muy bueno. Al tercer día la mujer que vigilaba sospechó por mi presencia constante cerca de su casa. Ella misma movió sus influencias con algunas autoridades, y fue el propio González y uno de sus compañeros los que se encargaron de investigar mi presencia en los alrededores de esa casa.

   Su actitud fue prepotente, como hasta ahora, pero prudente por si fuera un influyente, o como entonces se decía: uno con charola.

   Al detenerme me bajaron del auto con algo de maltrato y me registraron, lanzando preguntas en tono molesto. No tenía identificación y las respuestas que di no los convencieron.

   — ¿Qué chingados haces aquí? — preguntó González mientras su compañero revisaba el auto.

   —Espero a mi novia— contesté, ya que en la agencia me dijeron que nunca reconociera mi profesión a las autoridades, a menos que fuera necesario.

   —No te hagas pendejo, llevas tres días vigilando la casa.

   El otro judicial se acercó para darme un golpe en la boca del estómago.

   —Estabas vigilando la casa para robarla, o eres terrorista y pensabas secuestrar a los dueños de la casa— preguntó el otro mientras me encontraba sofocado por el golpe.

   — ¿Por qué no traes identificaciones? Eres terrorista y te va a llevar la chingada—dijo González.

   Otro golpe.

   —Te arrestamos por sospecha de terrorismo—concluyó su compañero.

   No podía discutir con ellos, de nada serviría. Sabía que a dónde me llevaran recibiría más golpes. Aunque estaba preparado, sin importar lo que pasara, para no reconocer que era investigador privado y que vigilaba a la mujer por petición del esposo.

  

Por fortuna me llevaron a la comandancia. Me condujeron a empujones y amenazas hasta un cubícalo aparte. El lugar medía dos por tres metros, sin ventanas y el olor a sudor y orines era penetrante. Dos judiciales tenían a otros supuestos criminales contra la pared, golpeándolos, exigiéndoles que confesaran, pero el tipo se resistía, entre lamentos y rabia, a confesar un crimen que tal vez no cometió.

   —Cuidadito con gritar— dijo uno de los judiciales momentos antes de darme un golpe más.

   También fui torturado durante media hora, fue mi bautismo de fuego en la investigación privada. Comprendí que el uso del cerebro en este trabajo era lo mejor, la fuerza sólo confunde los resultados de la investigación. El resentimiento por ese maltrato me duró muchos años, en los cuales consideré a González como un mal elemento, pero todo cambió con el tiempo.

   Esa noche la pasé en la celda. A primera hora de la mañana llegó González para llevarme al cubículo.

   —Ya me interrogaron a noche. ¿Qué pasa… no tienen pruebas para encarcelarme? —protesté desde le principio.

   —Bueno, vas a decirme que chingados hacía allí o te parto la madre— dijo ya frustrado.

   —Ya te dije, estaba esperando a mi novia.

   —No te hagas pendejo. Anoche una compañía de detectives privados trató de pagar tu fianza. ¿Estabas vigilando a la esposa del General Urrieta?

   Ya no contesté.

   — ¿Quién era el amante de la esposa de Urrieta? —preguntó y tiró un manotazo a mi cabeza.

   Únicamente lo vi en dos ocasiones, era el segundo al mando del secretario de Gobernación. Otro militar, un hombre mayor y con mucha influencia: El general Ochoa. Ese militar, que en aquel momento traicionaba a un amigo, años después traicionaría al país, encubriendo la verdad para servir a su partido. Moriría llevándose consigo todos los secretos de los malos manejos de dos o tres presidentes, a los cuales sirvió en varios puestos. Matanzas, fraudes, robos millonarios, gente poderosa en la cárcel porque así lo consideró oportuno algún funcionario; Ochoa lo sabía todos, pero decidió que con su silencio le era leal a unos cabrones y le dio la espalda a todo un país.

   —Lo vi una vez, pero sé que es alguien importante.

   En el gesto de González apareció la preocupación.

   —Esta madrugada apareció muerto el general Urrieta en la entrada de la casa que vigilabas.

   Me molesté, supuse que el cliente llegó en mal momento a su casa. Ochoa siempre visitaba a su amante con uno o dos guardaespaldas. Cuando el general Urrieta quiso entrar a su casa a la fuerza para ver a la mujer los guardaespaldas del amante lo mataron.

   — ¿Estaba la esposa de Urrieta en la casa cuando llegaron? —pregunté para confirmar mis sospechas.

   —No, aún no la hemos podido localizar. Fueron los vecinos lo que avisaron a la policía cuando escucharon los disparos. Vieron poco; sólo dos autos de lujo negros alejándose de la casa.

   — ¿El arma con que mataron al general era una cuarenta y cinco?

   —Sí, el dieron tres tiros en el pecho. Urrieta trató de sacar su pistola pero lo descontaron.

   Los guardaespaldas usan ese calibre. Estaba seguro de que ellos lo mataron.

 — ¿Tú sabes quién era el amante de la señora? —volvió a preguntar González.

   —Son gente de muy arriba, es mejor que tú ni lo sepas y que yo ni me acuerde.

   Trató de que le diera la información, ya con un trato menos violento, pero sabía que si confesaba lo que sabía sólo ocasionaría problemas para mí. Decidí guardarme el secreto. Con gesto de preocupación Gustavo me llevó de nuevo a la celda. Fui liberado esa misma mañana. Mi jefe inmediato casi dio un brincó en su asiento al recibir la información.

   —Son pendejadas muy importantes, mejor ni meternos— concluyó.

  Al día siguiente ya me encontraba vigilando a otra esposa infiel. Por lo que me enteré días después, las autoridades fabricaron un culpable para encubrir el crimen y a González no lo vi en muchos meses.


Tags: thrriler, novela policíaca, aventuras

Publicado por Fmdlg @ 18:51  | Literatura
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